Público y privado en el Aikido, por Julián Hontangas

A continuación os presentamos el artículo que escribe durante esta primera quincena de febrero de 2014, Julián Hontangas, jurista y compañero aikidoka de la Comunidad Valenciana. Leedlo y juzgaréis.

PUBLICO y PRIVADO EN EL AIKIDO
(Por Julián Hontangas)

De todos es conocido cuál es el origen del aikido y cómo surgió a principios del siglo XX en Japón. Así como el origen decididamente privado de la práctica, rasgo común con el resto de artes marciales japonesas y que surgieron de un dojo, o escuela privada, cuyo origen se remonta a la familia, al clan o al linaje y se perpetuaba mediante las autorizaciones docentes del vetusto menkio kaiden, mediante la trasmisión directa de la enseñanza del maestro al alumno.

El dojo era frecuentemente la casa del maestro, o su extensión natural. El lugar de la práctica y de trasmisión de la tradición, de la enseñanza. Lugar donde se produce “el intercambio”, y la escenificación ritual del antagonismo. Desde un principio el dojo ha sido un espacio reservado, atemporal, regido por sus propias normas y donde el Maestro ejercía naturalmente el derecho de admisión, pues ostentaba el poder que le confería ser el propietario del espacio físico y depositario del conocimiento. En este ámbito jerarquizado se cultivaban los valores tradicionales, adornados del ritual y la etiqueta propios de oriente. A principios del S. XX era una característica común en las escuelas de artes marciales que los alumnos practicasen bajo una clara estructura jerarquizada, en condiciones austeras y con prácticas de entrenamiento prácticamente castrenses, donde la sumisión no resultaba necesariamente ofensiva. Tales características eran el producto natural del modelo cultural de la época, acorde con el origen castrense de las prácticas y su evolución civil a través del recurso privado.

En este contexto socio-cultural, las artes marciales fueron exportadas a Occidente y empezaron a ejercitarse en los mismos ámbitos privados que tuvieron como origen, pero implicándose en un concepto desconocido en Japón. Un concepto, fresco, novedoso y aclamado por una civilización occidental que había reservado para el sport, todas las actividades lúdicas y recreativas que el hombre moderno era capaz de realizar en su tiempo de ocio, una vez liberado de sus obligaciones y desprovisto del uniforme de trabajo.
Tras la gran guerra, las artes marciales fueron mayoritariamente absorbidas por las federaciones deportivas nacionales, internacionales y también por el COI. Esta actividad, inicialmente privada, pasó a ser calificada como pública al insertarse en estructuras administrativas que actuaban con una delegación de competencias de los Estados.

Los maestros enviados a Europa a difundir su arte, eran el exponente de un Japón diferente y pacífico, deseoso de expandir sus conocimientos ancestrales y reconstruir su imagen ante el mundo. Los emisarios no pusieron mayores inconvenientes en aceptar las estructuras jurídico-deportivas Europeas ni el nuevo escenario público donde habían sido ubicados. Existió una mutua conveniencia. De un lado, los Estados nacionales quedaron deslumbrados por la oportunidad que significaban las artes marciales orientales pues, mediante las diferentes competiciones deportivas, podrían aportar nuevos espectáculos y nuevas oportunidades para los triunfos nacionales. De otro lado, las artes orientales se vieron acogidas por unos Estados que no dudaron en subvencionar los nuevos deportes, otorgando el apoyo público institucional.

Las artes marciales pronto contaron con un público hambriento de exotismo y de nuevas prácticas “eficaces”, portadoras de movimientos desconocidos, de sorprendentes “llaves” y técnicas hasta entonces desconocidas por la tradicional lucha o el boxeo occidental. Incluso los medios de comunicación quedaron sometidos a este influjo y a la demanda de una época en la que se produjeron fenómenos mediáticos como Bruce Lee o la legendaria serie televisiva “Kung-Fü”.

Las artes marciales se deportivizaron, como una consecuencia natural de su publificación. Puede que también pueda entenderse al revés, pero en todo caso, resulta innegable la enorme vis atractiva que ejercía de la competición deportiva, así como las expectativas que todos los protagonistas habían depositado en recibir algo. En este encaje feliz, solo desentonaba un arte marcial claramente diferenciado del resto: El aikido. Carecía de competición. No había posibilidad de ofrecer triunfos nacionales, ni himnos, ni medallas. No tendría héroes, no habría espectáculo. El aikido era una representación insignificante y su singularidad pasó desapercibida. Sin embargo, se le otorgó en todo el ámbito europeo, la misma calificación de actividad deportiva que al resto. Se la sometió al sistema jurídico-deportivo. En el mejor de los casos, pudo contar con una federación nacional propia (Federación Portuguesa de Aikido, o el caso de las Federaciones Francesas) y en otros casos menos afortunados, bajo la gestión de una federación ajena (Federación Española de Judo).

El encuadramiento del aikido en el sistema público-deportivo, ha tenido muchas repercusiones de carácter legal, aunque este aspecto ya ha sido objeto de estudio y publicación en España . Al margen de los aspectos legales, uno de los efectos más contundentes del cambio de un concepto privado de la práctica, a uno público, ha sido el hecho de que la práctica haya tenido que incorporar nuevas exigencias, métodos y objetivos; y se hayan desvirtuado otros. Estos cambios se pueden observar a tres niveles: En primer lugar, respecto del propio espacio físico, el dojo. En segundo lugar, en el concepto y figura del Maestro, Sensei o instructor. Y, finalmente, respecto del propio alumno practicante.

Por lo que al espacio físico se refiere, el dojo privado, convertido en público, constituye un espacio legalmente calificado (en España) como un bien de servicio público. La organización de la práctica en pabellones municipales o provinciales, queda así sometida al interés general y no al particular. Pero, aunque las actividades deportivas pueden ser una competencia municipal, no está escrito cuáles son, a cuáles hay que apoyar y bajo qué criterios objetivos debería hacerse. Lo que en la práctica se traduce en la necesidad de contar con el favor de algún responsable político, o del personal técnico, a quien es preciso persuadir respecto del interés general que puede tener una actividad no competitiva como el aikido. En el mejor de los casos, si existe un tatami estable, una escuela municipal, la propia actividad quedará condicionada al cumplimiento de las exigencias de la Administración, sometida a la jerarquía administrativa y a los intereses políticos preponderantes. Y tal situación afectará también al maestro y al alumno.

En la antigüedad, el Maestro era el referente en un microuniverso en el que cada uno ocupaba un lugar perfectamente determinado. En el modelo privado actual, se busca alcanzar esta misma posición preferente. Una posición que es deseada por todo Sensei que persigue realizar el sueño de su propio dojo, por supuesto privado, desde donde ejercer la docencia. Algo que, desgraciadamente, solo está al alcance de unos pocos.
En la mayoría de los lugares, el aikido comparte espacio con otras actividades y la estabilidad de los grupos puede depender más de criterios económicos o comerciales que de un compromiso serio con la práctica.

Por lo que a los espacios públicos se refiere, el Sensei sufre un irresistible proceso de funcionarización, debiendo rendir cuentas de su actividad y acreditando ante la estructura administrativa, permanentemente, no solo su cualificación sino que la suya sigue siendo una actividad de interés general, fiable, que responde a las exigencias (intereses) de la política deportiva y que, además, puede seguir justificándose por el número de alumnos. La pedagogía y metodologías a emplear por el docente deportivo en un ámbito público, debe plegarse a las exigencias que la sociedad democrática impone a todo docente y que se han aprobado mediante una (tras otra…) Ley Orgánica, reguladora del derecho a la educación. Este imperativo ha sido el motivo de que los exhaustivos entrenamientos para-militares, las prácticas degradantes, los excesos físicos, psicológicos y otras aberraciones docentes, fueran desterradas de algunas prácticas y escuelas, especialmente proclives a una marcialidad mal entendida.

Pero también en los gimnasios privados (alquilados) se produce la necesaria adaptación del Sensei al criterio ajeno. También en este ámbito no propio, se produce esta limitación aunque no por imperativo legal. En ambos casos, el Sensei buscará la necesaria libertad de criterio procurando hacer que la práctica sea todo lo privada que los propietarios y la administración se lo permitan. Y aunque el trabajo técnico pueda ser el mismo, en el dojo público no hay lugar para la exaltación personalista ni la posibilidad de que el instructor tome decisiones unilaterales, o ejerza el derecho privado de admisión. Asimismo, el alumno adquirirá los derechos del ciudadano que utiliza un bien y un servicio público, (o un local de pública concurrencia) y se convertirá en un usuario, un consumidor con derechos. En muchas ocasiones el alumno acude al tatami, tras haber realizado un intensivo zapping, puesto que desea hacer deporte sin acabar de encontrar lo que anda buscando. Cada temporada se les ve pasar, probar y desaparecer… dejando tras ellos el regusto amargo de la frustración o la incomprensión respecto de una práctica a la que apenas si se han asomado. El alumno moderno, máxime en un espacio público (o alquilado) dista mucho del que imaginamos pudo ser el entregado alumno de un dojo japonés, original y privado: entregado, convencido y comprometido. La jerarquía exigía una actitud de sumisión activa; actitud que oriente ha exportado a occidente y que los occidentales hemos convertido en una educada pose. La sumisión activa (obediencia) que la literatura y el cine nos trasmiten de los antiguos samuráis o de las geishas, era un prototipo de compromiso y convicción; pero también de agradecimiento por tener la ocasión de poder ejercitar el propio rol. Algo totalmente ajeno a la sumisión pasiva que escenifica un alumno occidental que tan solo imita las formas de aquello que es incapaz de aceptar culturalmente.

Pese a todo, y al contrario de lo que ha sucedido con otras artes marciales, (especialmente el judo) el aikido en España no se ha sometido fácilmente al ámbito de lo público. Los lugares de referencia en la práctica de aikido suelen ser privados. Tal vez, debido al hecho de que los mandatarios federativos más influyentes son también los propietarios de los gimnasios privados y no han tenido demasiado interés en la existencia de tatamis públicos. Posición de poder federativo que ha permitido durante años, la existencia de lo que podemos denominar tatamis concertados.
Esos espacios privados, propiedad de los mismos responsables federativos (públicos) de toda la vida, que se ponen a disposición de la propia federación deportiva (pública) para que tengan lugar los entrenamientos regulares, practicas federativas o stages técnicos singulares. Pues resulta algo muy usual en España, que un responsable cree para sí oportunidades de negocio particulares desde una posición pública o semi-pública.

El déficit de tatamis púbicos en España no sería algo trágico, si al menos quedara garantizado el cumplimiento de la función social exigida al deporte y que solo un espacio público puede proporcionar, esto es, la garantía de que las prácticas de tatami son múltiples y de que algunas, como el aikido, están especialmente orientadas a cumplir la función educadora y sanitaria que las Administraciones Públicas están obligadas a hacer que se realicen a través del deporte.

Un tatami público puede y debe cumplir una importante función social, dando cabida a todas las prácticas y no exclusivamente al hegemónico judo, para cumplir el mandato constitucional de propiciar y fomentar la salud y la educación de la población a través del deporte. Algo en lo que el aikido se sitúa a años de luz de ventaja respecto del resto de prácticas (también de tatami), incluso de aquellas que ya han hecho que se izasen las banderas y han ofrecido al Estado el oro olímpico. Esta condición, de ser una práctica educativa y saludable, sitúa al aikido en una inmejorable posición ante los poderes públicos, pues no solo ostenta la calificación deportiva sino que, además, contiene de un modo natural los valores más apreciados por los modernos gestores deportivos y que otras prácticas solo pueden aspirar a poseer con un enorme gasto público o con una premeditada re-orientación de su actividad. De este modo el Aikido incorpora como valores intrínsecos a la práctica, entre otros: La integración de la mujer, al no discriminar por género; La integración del menor y del adulto al admitir grupos heterogéneos en edad y condición física o nivel técnico; La orientación espontánea a la recreación y el disfrute, pues la auto-satisfacción del individuo no dependerá de que se alcance o no un determinado resultado competitivo; A lo que hay que sumar el ahorro de gasto público que significa no tener que invertir en prevenir o erradicar una violencia que no existe; o en fomentar unas prácticas de juego limpio y asunción de valores éticos deportivos que el aikido siempre ha cumplido per se, de un modo consustancial a su propia naturaleza y esencia. Elementos todos ellos, que deberían hacernos reflexionar respecto de la necesidad de que el aikido se abra y se muestre públicamente en esta innegable dimensión pública que ya tiene, a la que se ha visto irremisiblemente avocado y en la que tiene mucho que decir y aportar.

Como puede comprobarse, las cuestiones históricas, legales, administrativas, e incluso políticas, influyen decisivamente en la práctica más de lo que pudiera pensarse. Y si bien es cierto que lo importante es la práctica en sí misma, el camino, la vía… no es menos cierto que ese camino debe ser igualmente fácil, o difícil, para todos lo que comparten una misma federación, una misma ley y un mismo Estado de derecho. Pero nada es lo que debería ser, ni nada es lo que fue. Ni el dojo, ni el maestro, ni el alumno. Nada. Pero esto no significa que deba ser necesariamente peor. Tan solo, es diferente.
Solo hay una cosa que debería permanecer inalterable: El legado de O-sensei. Aunque es posible que, siendo una práctica viva, también nuestros aikidos ya sean diferentes.

Sería deseable que, cualquiera que sea el medio, el maestro y la condición del alumno, el mensaje permaneciera inalterable, no fuera masacrado por el camino y tuviera las mismas oportunidades que los caminos de otras prácticas. Es una responsabilidad de todos, pero especialmente de quienes actúan como responsables… ¿no?

Julián Hontangas.